viernes, 26 de agosto de 2011

Cuentos del Mundo - Marruecos. El grano de arena


El grano de arena

Dios estaba fabricando el mundo. Después de los astros, la tierra, el mar, fabricó también a las personas. Eran bellas criaturas, con los ojos espléndidos, pero no tenían alma.

— Es necesaria el alma, sugirió el arcángel que lo ayudaba.
— Tienes razón, dijo Dios. Vamos a hacerles un alma.

Y se puso a preparar las almas. Dios estaba contento, trabajaba con entusiasmo. Amasó rayos de sol con perfume de jardines, zafiros de montaña con susurro de olas marinas… y las almas salían del laboratorio todas adornadas y brillantes. Entonces el Padre bajó a la tierra y distribuyó un alma a cada persona.

Pero como aquel día llovía, algún alma llegó a destino un poco estropeada. Y un día una persona -una de aquellas que había recibido un alma algo estropeada- tuvo el impulso de decir una mentira, una mentira de nada, así de pequeña; pero era el primer hilo de la inmensa red de los engaños.

Dios, que lo sabe todo, se dio cuenta y se enfadó. Reunió a sus hijos de la Tierra y les dijo que no se debe mentir.

— Por cada mentira que digáis, arrojaré sobre la Tierra un granito de arena.

Los hombres no hicieron caso. En aquel tiempo no había arena sobre la Tierra; y con todo aquel verde, ¿qué importancia podía tener un granito de arena? Así fue como, después de la primera mentira vino la segunda, y tras ésta la tercera y la cuarta… La lealtad iba desapareciendo, el fraude y el engaño invadían el mundo. Dios por cada mentira arrojaba un granito de arena; pero a un cierto punto, ya no pudo más, y tuvo que ser ayudado por un ejército de ángeles y de arcángeles.

Cayeron del cielo torrentes de arena, y la Tierra, el bello jardín florido, empezó a ajarse. Vastas zonas terrestres se cubrieron de arena: era el desierto. Sólo aquí y allá, donde todavía vivía alguna buena persona, quedaron raros oasis. Pero como la calamidad continúa difundiéndose, no está excluido que un día, por culpa de las mentiras, la Tierra se convierta toda en un inmenso desierto…

Cuentos del Mundo - Marruecos. El zorro inválido


El Zorro Inválido

Un día un hombre vio a un zorro inválido y no entendía cómo haría para estar tan bien alimentado. Decidió seguirlo y descubrió que el zorro se había instalado cerca de un lugar donde solía ir un gran león a devorar a sus presas. Cuando el león terminaba de comer y se alejaba, el zorro se alimentaba con los restos a placer.

El hombre se dijo:

- Yo quiero ser como este zorro, quiero que el destino me trata de la misma manera.

Se instaló en un pueblo y se sentó en una calle a esperar. Pasó el tiempo y no sucedió nada, excepto que cada vez estaba más hambriento y débil. Entonces, en su debido momento, escuchó una voz interior que le dijo:

- ¿Por qué quieres ser como un zorro que busca la manera de beneficiarse de otros? ¿No te gustaría ser como un león para que otros se beneficien de ti?

El Final del Cuento 7


Todo estaba decidido al fin. Los equipajes preparados, los billetes listos, el barco a punto. Rodolfo y Martín sabían lo que dejaban en tierra, pero lo que había más allá del puerto era aún un destino incierto e imposible de imaginar. Seguro que encontraban nuevas aventuras que vivir y disfrutar.

Cuentitos 7

Había una vez un pingüino que quería visitar Benidorm. Un buen día convenció a una orca para que le llevase hasta Inglaterra. Allí conoció a un cachalote que la llevó hasta Portugal. En Portugal se hizo amigo de un delfín que le llevó hasta el Peñón de Gibraltar y desde allí y gracias a la ayuda de un estupendo banco de atunes llegó por fin a Benidorm. 

Pero cuando estaba allí tuvo tanto calor que decidió volver a su casa, aunque por el camino había conocido mil y una historias que contó en su hogar a todo el que se lo pidió desde entonces.

Quremos hacer una lista de vuestros cuentos favoritos


Nos lo estamos muy bien haciendo los programas de Colorín Colorado, pero el verano se nos está acabando y ya estamos a cuatro programas del final... el caso es que la colección de cuentos tradicionales escritos y contados por Pepe Maestro e ilustrados por los mejores ilustradores del panorama actual está llegando a su fin también, porque esta es una colección de 12 números...

Así que a esta lista de cuentos

Caperucita Roja
Hansel y Gretel
El flautista de Hamelín
El gato con botas
Juan y las habichuelas mágicas
Epaminondas
Juan sin miedo
El traje nuevo del emperador
Epaminondas
Garbancito
El enano saltarín
Pedro y el Lobo

Nosotros queremos añadir, por lo menos, otros doce títulos más, para que la colección siga adelante y nosotros podamos repetir este programa tan chulo el verano que viene... de momento ya tenemos algunas propuestas que nos encantan y que haremos públicas en el último programa... ¿te animas a dejarnos la tuya? ¿Qué cuento crees que tendría que estar en cualquier colección de cuentos? ¿Cuál es tu cuento favorito? ¿Qué tipo de cuentos propondrías para una colección?

Venga déjanos tu comentario.

jueves, 25 de agosto de 2011

Colorín Colorado 7


El Flautista de Hamelín

Todos nos hemos sentido intrigados y maravillados por este cuento en alguna ocasión. Con Pepe Maestro a la voz y el texto y la estupenda María Wernicke a los lápices, este flautista volverá a ser el cuento favorito de muchos niños.

Ya sabéis todo lo que tenemos en nuestro programa de cuentos, así que hoy no os lo voy a repetir, solo os diré que espero que nos escuchéis.


viernes, 19 de agosto de 2011

Colorín Colorado 6


El gato con botas

Seguramente, este sea uno de los cuentos favoritos de muchos niños en todo el mundo y no es para menos, lo malo es que somos pocos los que, de mayores, recordamos eso de que vale más maña que fuerza y que la inteligencia nos puede llevar a la cima.

Nos acompaña en el programa Javier Zabala, el ilustrador. Como siempre tenemos risas, música elegida por nuestros peques, nuestra reportera de cuentos y un cuento del mundo, esta vez, nuestro cuentero ha encontrado un cuento rumano que se parece mucho a nuestros siete cabritillos, aunque en este caso se trate de tres.


El final del cuento 6

Fue el verano más fantástico de su vida. Había conocido a una chica preciosa, se había hecho detective privado y además, gracias a su inteligencia se había ganado un viaje al Caribe con todos sus amigos. Desde luego, ya sabía qué iba a ser de mayor. Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.

Cuentos del Mundo - Rumanía. Los tres cabritos


Los tres cabtritos

Había una vez una mamá cabra que tenía tres hermosos cabritillos. Un día mamá cabra tenía que ir a buscar comida para todos y antes de marcharse, aconsejó a sus hijitos que no abriesen la puerta a nadie y que solo la abriese a ella cuando la escuchasen cantando su canción.

Aunque los cabritillos se sabían la canción de memoria, le pidieron a su mamá que se la cantase antes de marcharse y en eso estaba la mamá cuando el lobo pasó por casualidad junto a la casa y escuchó la canción y los consejos que esta les daba a sus cabritillos.

Cuando el lobo vio alejarse a la mamá cabra, se acercó a la puerta de la casa y llamó a la puerta, cantando la canción que había escuchado a través de la ventana. Pero la voz del lobo era mucho más fuerte y fea que la de su mamá, así que los tres cabritillos no abrieron la puerta.

Enfurecido, el lobo decidió afilarse los colmillos para cantar como la mamá cabra. Ya con los dientes afilados su voz era mucho más parecida a la de la cabra. El mayor de los tres hermanos creyó que mamá había regresado con la comida y abrió, aunque el más pequeño repetía que esa voz no era de su mamá. Los mayores no le hicieron caso y abrieron la puerta al lobo, mientras el pequeño se escondía.

El lobo cogió a los dos cabritos mayores y se los comió, olvidando al más pequeño de los tres, que se había escondido muy bien en la casa.

Cuando la mamá regresó a su casa y se dio cuenta de la tragedia se puso a llorar desconsoladamente. Tanto lloró que al final el pequeño cabritillo, aún con el miedo metido en el cuerpo, salió de su escondite y le contó a su madre todo lo que había pasado.

La mamá decidió entonces vengarse del lobo, tendiéndole una trampa. Mamá cabra preparó una suculenta comida, preparó una mesa y una silla y debajo de la silla colocó una hoguera oculta. 

Al ver la mesa y la comida, el lobo se sentó a comer. En ese momento, la mamá cabra y el cabritillo salieron de un escondite y ataron al lobo a la silla. Después encendieron la hoguera… y mientras el lobo aullaba de dolor madre e hijo se marcharon a su casa…

Cuentitos 6

Había una vez una moto de carreras que soñaba con correr en el campeonato del mundo, pero que, como era muy pequeña todavía, solo podía ver las carreras por televisión. 

Un buen día, la pequeña moto conoció a Jaime, un chaval de ocho años que soñaba con ser campeón del mundo de motociclismo. Juntos, corrieron mil y una aventuras hasta ser lo suficientemente grandes como para dejar de soñar con ser campeones del mundo y competir por fin en el mundial, hasta cumplir su sueño algunos años después y convertirse en los más grandes corredores de todo el mundo.

jueves, 11 de agosto de 2011

Colorín Colorado 5



El traje nuevo del emperador

Hay muchas personas que deberían leer este cuento y aprender que si queremos estar siempre al día, puede que nos la den con queso. En fin, Valeria Gallo gamberrea un poco con las ilustraciones para traernos un emperador metrosexual, muy fuertote, joven y guapo, pero igual de tonto que siempre para dejarse engañar por dos bribones con mucho morro.

Además del cuento narrado por Pepe Maestro, tenemos a Valeria con nosotros (aunque esté en México), la caja mágica, el final de cuento, nuestro cuentito inicial y un cuento del mundo, esta vez un cuento argentino.

¿Os vais a perder este estupendísimo programa? Yo no lo haría forastero...

PD. Y recordad, es totalmente recomendable salirse de las líneas al dibujar.



Palabras de la quinta semana


La caja mágica

Os seguimos ofreciendo palabras para que nos escribáis un cuento corto o un poema. Nos encantaría que nos los enviaseis y os prometemos leerlos en el programa.

Os dejo las palabras de esta semana

Leopardo
Diadema
Patines
Carabanchel
León
Burro

Estas son las seis palabras de esta semana. Esperamos vuestros cuentos y poemas en nuestro correo electrónico, castillosenelaire21@gmail.com

El final del cuento 5


Todos saludaron al gigante, estaban encantados con su hazaña y le felicitaron por su valor ante la bruja malvada. Esta se alejaba volando en su escoba con un ojo morado y la varita rota en dos pedazos. La paz volvió al valle para siempre Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.

Cuentos del Mundo - Argentina. El gigante de nieve


El gigante de nieve

Había una vez, un matrimonio de ricos comerciantes de Buenos Aires que decidieron pasar los días del verano en un lugar fresco de Argentina y se trasladaron con sus hijos: Pepito, Leopoldo y Manuel, a las apartadas regiones del sur del país, donde junto a los maravillosos lagos y cordilleras, hay unas temperaturas más que agradables para pasar el verano.

Tomaron el tren en la capital y después de un viaje encantador cruzando hermosas poblaciones hasta llegar a la ciudad de Bahía Blanca, entraron en la extensa Patagonia, donde los niños, desde las ventanas del vagón, pudieron admirar las ovejas que en esas tierras se cuentan por millones, los caudalosos ríos poblados de cisnes, patos y otras aves acuáticas, las grandes llanuras sembradas de trigo, lino, alfalfa y cebada y las pintorescas villas que sirven de albergue a los colonos.

Algunas horas después estaban sobre las primeras mesetas de la montaña, y más tarde llegaron al hotel en donde sus padres habían dispuesto pasar las vacaciones en recompensa del buen comportamiento de los niños.

Para Pepe, Leopoldo y Manuel, aquello era el paraíso. El lago Nahuel-Huapí se extendía a sus pies, poblado de hermosas aves, con frondosas islas en su centro, y en las que se veían por entre las ramas de la vegetación, grandes residencias de tejados rojos. Pasaban los días cabalgando por los caminos de montaña o pescando en el lago truchas enormes y aquellas parecían las mejores vacaciones de toda su vida.

Una tarde, el viento sopló con más fuerza desde las cumbres de la cordillera y comenzó a hacer un frío tan intenso que todos los turistas tuvieron que refugiarse en el hotel y rodear las estufas como si fuese pleno invierno. Pasadas varias horas, toda la gran extensión de sendas, valles y montañas estaba cubierta de nieve, y no faltaron viajeros que decidieron hacer deportes invernales con esquíes, improvisados trineos, y saltos con patines.

Para los niños de nuestra historia, aquello era una novedad inesperada y de común acuerdo dispusieron abrigarse bien y jugar en la nieve hasta que el sol la derritiese.
Se fugaron a corta distancia del hotel donde se hospedaban y en un lugar solitario cubierto por los blancos copos de nieve, dispusieron hacer un gran muñeco, tal como lo habían contemplado en muchas láminas de revistas europeas llegadas a sus manos.

-¡Haremos un gigante! –Dijo Pepe.
-¡Con sombrero y bastón! –Repuso Leopoldo saltando de frío.
-Yo le haré los ojos –gritaba entusiasmado Manuel, el más pequeño de los hermanos.
Dicho y hecho; los niños, entre risas y alegres exclamaciones, comenzaron su gran obra, a la que muy pronto dieron fin, contemplando luego al gigante blanco que parecía mirarlos con sus ojos huecos y sin vida.

Pepe corrió al hotel y muy pronto estuvo de regreso con un sombrero del padre y un bastón de otro viajero y ayudado por sus hermanos, trepó por el muñeco y le puso en la cabeza el hongo y en su tendido brazo la recta caña de la India.

Terminada la escultura, que no estaba del todo mal, los niños se detuvieron a contemplarla y se admiraron de haber realizado un trabajo, para ellos, tan magnífico, porque el gigante de nieve, tenía boca, nariz, orejas y un cuerpo proporcionado que se alzaba más de dos metros del suelo.

-¡Qué bien nos ha quedado! –Exclamó Pepe.
-¡Se lo enseñaremos a papá! –Gritaba Leopoldo, batiendo palmas.
-¡Lástima que no hable! –Se lamentaba, Manuelito, mirándolo con cariño.- ¿Qué nombre le pondremos?
-¡Se llamará Bob! -Repuso el mayor.

Y así quedó decidido que el gigante de nieve se llamaría Bob. De pronto sucedió lo inesperado. El gigante de nieve comenzó a mover sus brazos, mientras los huecos de sus ojos iban cobrando vida, hasta cubrirlos dos pupilas azules y bondadosas. Los niños se asustaron muchísimo y pensaban que el gigante podría hacerles daño. Cuando recobraron el estado de ánimo decidieron huir. Una carcajada larga y bonachona le contestó.

-¿Por qué intentáis huir? ¡No os haré daño! Sois mis amigos, ya que vosotros me habéis modelado. Así que os protegeré ¡Me llamo Bob!

Y diciendo esto, se inclinó con una reverencia ante los niños, quitándose su sombrero como lo hubiera hecho el más galante de los galantes caballeros de antaño.

Pepe, Leopoldo y Manuel se quedaron atónitos, sin saber qué hacer, pero al poco rato y ante los ademanes pacíficos del hombre de nieve, cobraron confianza y muy pronto se hicieron amigos, trepando por sus hombros y deslizándose hasta el suelo por sus rodillas, con el consiguiente regocijo del gigante que se avenía a todo capricho y ocurrencia de sus dueños, entre grandes risotadas de alegría. Los niños estaban encantados de su obra, y así pasaron muchas horas, corriendo por las pendientes de la montaña, resbalando por las empinadas laderas o patinando por los extensos campos helados.

Entre juegos y jaranas, Pepe, Leopoldo y Manolito se alejaron demasiado del hotel y, sin darse cuenta, se aproximaron a los linderos de un bosque muy solitario que se elevaba sobre grandes lomas, próximas al hermoso lago. El sol se ocultaba tras las cumbres lejanas y sobre la inmensa sábana de nieve, caían lentamente las sombras.

Los niños, entretenidos con el gigante, no consideraron que un terrible peligro los amenazaba. Junto a la orilla de la selva, un tigre grande, con ojos sanguinarios, los contemplaba, abriendo sus fauces negras al tiempo que encogía sus patas, dispuesto a saltar sobre sus indefensas víctimas. Esa noche iba a comer niños humanos.

Los niños se acercaron más y más a la fiera, ajenos a esta amenaza de muerte, perseguidos por el blanco Bob que se había rezagado un poco, para después alcanzarlos. De pronto, un terrible rugido rompió el silencio y tres gritos desgarradores se oyeron en la inmensa soledad. El felino había dado un descomunal salto, cayendo a pocos metros de los niños, que se abrazaron sobrecogidos por un pánico justificado ante el peligro que corrían.

Las pobres criaturas no tenían salvación y sólo esperaban el terrible zarpazo de la fiera, que sin remisión caería sobre ellos. Pero el tigre no había contado con la presencia del gigante de nieve. Bob, al ver a sus amigos en peligro, dio un rápido salto y convertido en bola de nieve se precipitó rodando por la pendiente, arrastrando al feroz tigre con tal violencia, que lo dejó tendido sin vida. El muñeco bonachón había salvado a sus queridos dueños y ahora, caído en la nieve, reía a mandíbula batiente, ante el asombro de los niños que lo contemplaban con admiración y agradecimiento.

Como ya era casi de noche, Bob propuso a los pequeños que montaran sobre sus espaldas y así llegarían antes al hotel. A lomos del gigante blanco, Pepe, Leopoldo y Manuel, cubrieron la distancia hasta la entrada de la casa con la rapidez de un rayo.
Bob se despidió de ellos cariñosamente y les dijo que al día siguiente, por la mañana, los esperaba en el sitio donde lo habían levantado, para proseguir sus juegos en aquel ambiente invernal.

Aquella noche se calmó el temporal y al otro día, ante los ojos admirados de los chicos, amaneció el cielo despejado, azul, con un sol resplandeciente y tibio que ahuyentó el frío y la nieve.

Pepe, Leopoldo y Manuel corrieron al lugar de la cita y... ¡oh, desgracia! ya no estaba allí Bob esperándolos como les prometió. En el sitio donde se levantara el gigante, sólo había un pequeño charco de agua tranquila sobre la que flotaban el sombrero y el bastón... El sol, desde lo alto, parecía reírse del desconsuelo de los niños y sus rayos caían sobre sus cabezas, como dándoles a entender que él había sido la causa de la desaparición del bueno de Bob.

Los pequeños regresaron muy tristes al hotel, y desde aquel día, todos los inviernos, esperan en vano la caída de la nieve para poder levantar otra vez al gigante risueño, que una mañana les distrajo con sus juegos y una tarde les salvó la vida.

Cuentos del Mundo - Rusia. La montaña de oro



La montaña de oro

Hace mucho tiempo, en la lejana Rusia, vivía el hijo de un anciano comerciante que heredó toda la fortuna de su padre al morir este. El hijo del comerciante se gastó toda su fortuna en pocos años, llegando al extremo de no tener dinero ni para comer. Así que, acostumbrado como estaba a no trabajar nunca y a tener todos los caprichos al alcance de sus deseos, no tuvo más remedio que coger una azada gastada e ir al mercado, esperando que alguien quisiese contratarlo como jornalero.

Y he aquí que un comerciante, que era único entre setecientos, por ser setecientas veces más rico que ningún otro, acertó a pasar por allí en su coche dorado, y apenas lo vieron los jornaleros que en el mercado estaban, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Quedando solo en la plaza el hijo del comerciante, al que el rico se acercó rápidamente.

-Chico - ¿Quieres trabajar? –Preguntó el comerciante que era único entre setecientos-. Yo te daré trabajo.
-Con mucho gusto, señor, para eso he venido al mercado.
-¿Qué sueldo quieres ganar?
-Si me das cien rubios diarios, trato hecho.
-¡Es una suma excesiva!
-Si te parece mucho, busca a alguien más barato. La plaza estaba llena de gente y en cuanto has llegado, todos han desaparecido.
-Bueno, está bien; mañana te espero en el puerto con las primeras luces del día.

Al día siguiente, a primera hora, el hijo del comerciante se presentó en el puerto, donde ya lo esperaba el comerciante único entre setecientos. Subieron a bordo de una embarcación y pronto se hicieron a la mar. Navega que navegarás, llegaron a la vista de una isla que se levantaba en medio del Océano. Era una isla de altísimas montañas, en cuya costa había algo que resplandecía como el fuego.

-¿Es fuego eso que veo? –Preguntó el hijo del comerciante.
-No; es mi castillo de oro.

Se acercaron a la isla, se acercaron a la costa. La mujer y la hija del comerciante único entre setecientos salieron a recibirlos, y la hija era de una belleza que ni la mente humana puede imaginar, ni en cuento alguno puede describirse. Cuando se hubieron saludado, entraron al castillo con el nuevo jornalero, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

-Regocijémonos hoy –dijo el rico comerciante- mañana trabajaremos.

El hijo del comerciante era un joven rubio, fuerte y majestuoso, de complexión colorada y agradable aspecto, y se prendó de la hermosa doncella, al igual que la muchacha se quedó prendada de él. Al terminar la velada, la chica se retiró a la habitación contigua, llamó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón, diciendo:

-Toma, utiliza esto cuando me necesites.

Al día siguiente, el comerciante que era único entre setecientos salió con su criado en dirección a la montaña de oro situada en el centro de la isla del comerciante. Iban acompañados de un precioso caballo castaño de tiro, al que le costaba mucho caminar, pero que les acompañaba obediente en su camino. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre y cuando aún no habían ascendido ni a la mitad de la montaña el caballo decidió que no daría un paso más.

-Bueno -dijo el comerciante sin darle demasiada importancia al cansancio del caballo,- ya es hora de que echemos un trago.

Lo que el joven no sabía es que el rico comerciante le había echado una droga en el agua para que se quedase dormido. Una vez estuvo inconsciente, el comerciante sacó un cuchillo de su cinturón, mató al caballo y metió al joven y a su azadón en el interior del animal, cosiendo después la herida y escondiéndose en una cueva cercana.

Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos tan grandes como un hombre. Los cuervos cogieron al cadáver del animal y se lo llevaron a la cumbre para cebarse en él a su gusto. Empezaron a mondarlo hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en la piel del animal y llegaron hasta el hijo del comerciante, que al sentirlos se despertó, ahuyentó a los negros cuervos y ya fuera del cadáver del caballo, miró a todas partes y se preguntó:

-¿Dónde estoy?
-En la montaña de oro –le contestó el amo gritando desde abajo.- ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El hijo del comerciante se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El comerciante lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve carros.

-Ya me bastará –gritó el comerciante único entre setecientos.- Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!
-¿Y yo qué hago?
-Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! –Y esto diciendo, se alejó.

El hijo del comerciante no sabía qué hacer y se encontraba en una situación muy apurada. Bajar de la montaña parecía imposible y seguía sin explicarse bien cómo había llegado allí arriba, tendría que haber volado para conseguirlo… entonces vio a los cuervos sobre su cabeza, esperando a que muriese de hambre o agotamiento para devorarlo.

Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa doncella le había dado en secreto un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando se viese en un apuro. "Tal vez no me lo dijo en vano ¬-pensó.

-Voy a probar –Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos jóvenes, hermosos como héroes.
-¿Qué deseas? –Le preguntaron al momento.
-Necesito que me saquéis de la montaña y me llevéis a la orilla del mar.

Apenas había hablado, lo cogieron uno por cada brazo y lo bajaron suavemente de la montaña. El hijo del comerciante caminaba por la orilla, cuando he aquí que una embarcación pasó cerca de la isla.

-¡Eh, buenos marineros, llevadme con vosotros!
-No, hermano; no podernos recogerte. Eso nos haría perder cien nudos.

Los marineros siguieron su ruta, empezaron a soplar vientos contrarios y se desencadenó una espantosa tempestad.

-¡Ah! Bien se ve que no es un hombre como nosotros. Sería mejor que volviésemos a recogerlo a bordo.

Se acercaron a la costa, hicieron subir al hijo del comerciante y lo llevaron a su ciudad natal. Algún tiempo después, que no fue mucho ni poco, el hijo del comerciante cogió el azadón y se fue a la plaza del mercado a ver si alguien lo contrataba. De nuevo volvió a pasar el comerciante único entre setecientos, en su coche de oro, y apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

-¿Quieres trabajar para mí? –Le preguntó el rico comerciante sin reconocer al chico al que esperaba muerto en la cima de la montaña.
-Con mucho gusto. Dame doscientos rublos diarios y trato hecho.
-¿No es demasiado?
-Si lo encuentras caro busca un jornalero más barato. Ya has visto cómo han echado a correr, al verte, todos los que aquí estaban.
-Bueno, no se hable más; ven mañana al puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico comerciante sacó una botella y dijo.

-Ya es hora de que bebamos.
-Espera -advirtió el criado.- Tú, que eres el amo, debes beber el primero; deja que te obsequie con mi vino.

Y el hijo del comerciante, que había tenido la precaución de procurarse un narcótico, llenó un vaso y se lo ofreció al comerciante, único entre setecientos. Éste se lo bebió y se quedó dormido. El hijo del comerciante mató el más viejo de los caballos, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos, cogieron el cadáver de la bestia, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El comerciante que era único entre setecientos, despertó y miró a todos partes.

-¿Dónde estoy? –Preguntó asustado.
-En la montaña de oro -gritó el hijo del comerciante.- Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te enseñaré la manera de bajar.

El comerciante único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

-Descansa, ya tengo bastante -gritó el hijo del comerciante.- ¡Gracias por tu trabajo, y adiós!
-¿Y yo qué hago?
-¿Tú? Ya te arreglarás como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. Contigo serán cien.

Y esto dicho, el hijo del comerciante se dirigió al castillo con los veinte carros, se casó con la hermosa doncella, la hija del comerciante único entre setecientos, y dueño de todas las riquezas que éste había amontonado, fue a vivir a la ciudad con su familia. Mientras que el comerciante rico entre setecientos se quedó en la montaña para siempre…

Cuentitos 5

Había una vez una ardilla que cada día se comía la barra de pan de un niño. Todas las mañanas esperaba pacientemente a que el panadero dejase colgada la barra, para bajar de su madriguera y comerse el pan. 

Un buen día, el niño se levantó más temprano que de costumbre, se escondió detrás de un muro y esperó a que la ardilla saliese de su escondite a comerse el pan. Al verse descubierta, la ardilla trató de huir, pero al final, viendo la sonrisa dibujada en la cara del niño, decidió quedarse a charlar un rato…

viernes, 5 de agosto de 2011

Colorín Colorado 4


Juan y las habichuelas mágicas

Este es uno de esos cuentos en el que uno no sabe muy bien quién es el bueno y quién el malo... sí, porque al ogro le encantan los niños estofados con cebollitas, pero el que le roba es Juan, que se encuentra por azar con varias habichuelas mágicas con las que trepa hasta las nubes...

Un programa en el que seguimos aocmpañados de la música seleccionada por nuestra redacción menuda, con nuestra reportera de cuentos, los cuentos del mundo, la caja mágica, el final del cuento... uf... no sabéis lo que cuesta acordarse de todo lo que entra en cada nuevo programa de Colorín Colorado. Lo mejor es que lo escuchéis por vosotros mismos y no os lo perdáis.

Por desgracia, esta semana no podréis escuchar la voz de la ilustradora de Juan (que es, de momento, la que más ha gustado a nuestros peques junto a Caperucita, no es por nada). Resulta que Laura Barella es italiana y solo habla un poquito de español, así que... nos ha enviado la entrevista por correo y nos la guardamos para el último programa, en el que... bueno, mejor no os lo cuento.

Nos escuchamos.




La semana que viene volvemos con El traje nuevo del emperador.

Cuentitos 4

Había una vez una hoja de papel que esperaba pacientemente que alguien escribiese sobre ella. Soñaba cada día con que escribiesen una historia de piratas, un beso de amor o un romance encantado. 

Pero cuando notó el bolígrafo sobre su piel a cuadros, supo que pertenecía al cuaderno de matemáticas y que solo podría tener sumas, restas, multiplicaciones, divisiones o un par de ecuaciones de segundo grado… así que se arrancó y con la cicatriz de la espiral en su costado se deslizó en el interior de un libro de poemas para quedarse allí por siempre.

Cuentitos 3

Había una vez un árbol que soñaba con viajar por el mundo cuyas raíces le retenían en el suelo. Un buen día el árbol conoció a una bandada de pájaros que venían de África, habló con ellos durante días y días, hasta que llegó el invierno y se tuvieron que marchar. Entonces se hizo amigo de una ardilla y de un cuervo y de un ciervo que pasaba por allí. 

Después de un tiempo todos los animales del bosque pasaban a charlar de vez en cuando con el viejo árbol soñador, que aprendió a viajar sin moverse de su casa y a contar muchas historias sin necesidad de hablar.

Cuentitos 2

Había una vez un escritor incapaz de escribir nada. Un día, enfadado por no ser capaz de crear un solo cuento, se fue de viaje por todo el mundo. En su periplo conoció a personas de todas partes, vivió con ellas, las escuchó y de todo con el que se encontró aprendió algo diferente. Al volver a su casa, enseguida llenó varios cuadernos de cuentos, poemas y canciones. 

Pasado un tiempo, el escritor, ya con muchos libros escritos, decidió contar algunos de sus cuentos.

Cuentitos 1

Había una vez un micrófono al que le encantaba contar cuentos infantiles, pero siempre tenía que conformarse con repetir los que quería contar el presentador del programa. Un día, habló con la tabla de mezclas, el repetidor, el ordenador y la mismísima antena… 

Y entre todos crearon su propio programa de radio de cuentos infantiles.

El final del cuento 4


Había sido difícil encontrar el tesoro, pero también muy divertido. Al final no había ni oro, ni piedras preciosas en el cofre, solo había una nota que decía “cuida de tus amigos”. Alberto miró a su alrededor con una sonrisa. Allí estaba Margarita y Pedro y Matías y Lucía… incluso Carapete, su perro. Y supo que habían encontrado el mejor de los tesoros. Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.


Os volvemos a ofrecer un final para que imaginéis y escribáis el principio ¿os apetece? Ánimo, escribid un buen principio para este final y enviadlo a castillosenelaire21@gmail.com... hay libros de regalo

Palabras de la cuarta semana


La caja mágica

Os seguimos ofreciendo palabras para que nos escribáis un cuento corto o un poema. Nos encantaría que nos los enviaseis y os prometemos leerlos en el programa.

Os dejo las palabras de esta semana

Gato
Pantalones Cortos
Gorro
Pantalones Largos
Monopatín
Barco

Estas son las seis palabras de esta semana. Esperamos vuestros cuentos y poemas en nuestro correo electrónico, castillosenelaire21@gmail.com
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