Colegas del Castillo

viernes, 20 de mayo de 2011

La verdadera y auténtica historia del lobo y los TRES CERDITOS S.L


Muchas veces nos han contado la historia de los tres cerditos, pero ¿creéis que os la han contado como pasó en realidad? Pues no, no lo han hecho, aquí tenéis la verdadera historia de lo que pasó... vaya con los cerdos, cómo se las gastan.

Había una vez un lobo feliz que amaba la naturaleza y vivía en paz con sus vecinos en un bosque alejado de los humanos, para no molestar. Allí, en lo más frondoso de la arboleda se dedicaba a sus tareas y a su familia. Era un lobo ecologista al que no le gustaba el progreso desmedido y defendía al resto de los animales cuando alguien intentaba comérselos o causarles algún mal. Como vivía en ese bosque desde que era un simple cachorro y había ido a la escuela con el resto de los animales de por allí, se había hecho vegetariano, porque era una pena comerse a los colegas y no tener con quien echarse unas risas o jugar a las cartas. Ahora que era mayor, se había casado con una loba preciosa y tenía cinco lobitos con ella, vivía en una cueva situada al oeste del bosque, en paz, enseñando a sus cachorros a convivir y ser felices en su estupendo y frondoso bosque.

Pero un buen día, la paz del pobre lobo se fue a freír espárragos. Todo ocurrió tan de repente que casi nadie se dio cuenta antes de que sucediese. Tres cerdos muy gordos y sin ningún tipo de escrúpulos llegaron al bosque con planos, camiones y herramientas diversas. Iban acompañados de decenas de obreros, arquitectos, carpinteros y soldadores, que lo primero que hicieron fue llenar el bosque de porquerías. Antes de que nadie se diese cuenta de lo que estaban haciendo, talaron varios árboles, arrancaron centenares de metros de hierbas y flores silvestres y alejaron a los animales que vivían por allí, afirmando que eran los dueños de todo aquello, además de constructores muy capaces que venían a enseñar a los animales salvajes cómo se vivía en la ciudad, para que no fuesen tan bestias.

Para ello construyeron tres modelos de casas como las de los humanos, tres chalets pilotos que se empeñaron en enseñar a todo el mundo, afirmando que muy pronto, todos los animales del bosque querrían vivir en sitios semejantes, lo que a todos les pareció una locura.

Nuestro amigo el lobo se enteró muy pronto de lo que pasaba, pues tenía amigos en todas partes y siempre había quien acudía a su cueva en busca de ayuda o de consejo. A pesar de que aquello le olía muy mal y de que no le gustaban esas casas de humanos, prefirió no acercarse demasiado a los cerdos, porque todo el mundo sabía que los lobos se comían a los cerdos y no quería que nadie pensara que iba allí a comerse a los tres recién llegados que pronto serían sus vecinos.

A los pocos días, las casas de los tres cerdos inmobiliarios estaban construidas. Todas ellas llevaban sobre la puerta un cartel de colores muy chillones que decía: TRES CEDITOS S.L. Una de ellas estaba hecha de la paja arrancada de un campo de maíz, que hasta el momento de ser arrancado sin ningún miramiento, había sido cuidado con mucho mimo por los cuervos y las urracas; otra estaba construida con la madera obtenida de la tala indiscriminada de árboles, algo que había conseguido que muchas ardillas y gorriones se quedasen sin hogar de una mañana a la siguiente; y la última… la última estaba edificada con piedras y hormigón, extraídas de manera brutal y muy ruidosa de la montaña que había al lado de la cueva del lobo, que empezaba a estar algo mosqueadillo con sus nuevos vecinos.

Los tres cerdos repartieron propaganda de TRES CERDITOS S.L. y anunciaron que muy pronto construirían enormes urbanizaciones de casas como aquellas por todo el bosque… y claro, al lobo se le hincharon los colmillos. No, no creáis que fue por su fervor ecologista y por el amor al bosque, que también. Sino porque, por lo visto, la urbanización de casas de ladrillo y hormigón, se construiría con la piedra extraída de la montaña en la que estaba su cueva, montaña de la que un papel de los cerdos decía que se tenía que marchar.

Así que, una noche, acompañado de todos los animales del bosque, se marchó hasta donde estaban los cerdos, para hacerles entrar en razón y decirles que el bosque prefería seguir viviendo como siempre y no en ciudades y casas como los humanos. Pero los cerdos se rieron de ellos y afirmaron que eran unos tontos y que no podrían poner barreras al progreso.

El lobo se enfadó tanto, que sopló y sopló y la casa de paja derribó…

Y cuando derribó la casa, se lió la gorda. La casa de paja era la del hermano pequeño, por suerte para él, la paja no pesa mucho, así que, aunque muy asustado, logró salir de debajo de la montonera amarillenta, resoplando mucho, porque tenía sobrepeso y no estaba acostumbrado al ejercicio. Por un momento, quiso cantarle las cuarenta al lobo, pero al ver que el lobo estaba acompañado de todos los animales del bosque, no se atrevió a hacerlo y salió corriendo a casa de su hermano mayor, que era el que estaba en la casa de madera.

El lobo no quería seguir discutiendo y prefería marcharse a su casa, suponía que debería pagar los desperfectos del edificio y no quería meterse en más problemas. Pero los animales del bosque le obligaron a seguir adelante en su denuncia de la situación y el lobo llegó ante la puerta de la casa de madera, desde cuyo interior observaban todo los dos cerdos especuladores, cada uno de ellos con un teléfono móvil en la mano.

Los animales del bosque coreaban al lobo para que volviese a derribar aquella casa que afeaba el espacio, pero el pobre no quería hacerlo. Al final, las provocaciones realizadas desde el interior de la casa de madera por parte de los dos cerdos y los gritos enfadados de los asistentes, lograron que al lobo se le hinchasen tanto los pulmones, que casi sin darse cuenta, se encontró soplando con todas sus fuerzas y derribando la casa, realizada con los tallos de doscientos árboles derribados para su construcción. Todos los asistentes, a excepción de los dos cerdos, por supuesto, corearon y jalearon el resoplido del lobo.

Los dos cerdos, móviles en mano y hablando a gritos entre sí, corretearon hasta la última de las casas piloto, la del hermano mayor de todos, el jefe de la inmobiliaria, el promotor de TRES CERDITOS S.L., que se había quedado a vivir en la casa de cemento. El lobo volvió a intentar regresar a su cueva y quedarse tranquilamente con los suyos, pero la multitud volvió a empujarlo en dirección a la última de las edificaciones de la inmobiliaria de los tres cerdos y todo sucedió como en las dos ocasiones anteriores, con una pequeña y grave salvedad…

Que el lobo, esta vez, ni siquiera tuvo tiempo de llamar a la puerta.

Todos supieron a quiénes estaban llamando los cerdos con sus teléfonos móviles. Una multitud de policías cuidaba del hogar de los tres cerdos especuladores. La multitud intentó explicar los males causados por los cerdos en su bosque, que llevaba siendo su hogar desde hacía muchos años. Pero el policía al mando, que era un perro pastor con muy malos humos, les enseñó un documento firmado por alguien, nadie supo nunca por quién, en el que se afirmaba que todo el bosque, incluida la cueva del pobre lobo, pertenecía a los tres cerdos, que lo habían comprado. Nadie supo explicarles cómo alguien podía haber vendido un bosque que era de todos. Pero el caso es que estaba firmado y avalado por el banco y el gobierno del país.


Los animales se quedaron con un palmo de narices y los tres cerdos especuladores, más que satisfechos, salieron por fin de su casa de ladrillo con una sonrisa de suficiencia en su cara…

El lobo tuvo que pagar una considerable multa por estropear las dos casas de los cerdos. Su acción sirvió para que los cerdos desecharan la paja y la madera para la construcción, así que derribaron la montaña en la que vivía el lobo y con la piedra resultante edificaron una estupenda urbanización de piedra.

Han pasado muchos años, pero aún se puede ver al lobo poniendo ladrillos y sudar la gota gorda para ganar el suelo miserable que le pagan al mes los tres cerdos especuladores.

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